¿Qué es más difícil?

Conforme el tiempo nos va alcanzando, ¡y no hay duda, nos alcanza!, se vuelve más nítida la pregunta: ¿qué es más difícil de asumir con serenidad y sin nostalgias innecesarias: el cambio que lenta pero seguramente limita la movilidad y las capacidades de todo tipo en la persona, o el cambio en el medio que por tantos años se trató de construir y dignificar, especialmente cuando se percibe que los frutos y los afanes de tantas personas, sirvieron en ese movimiento pendular inaudito, para que otros, sin escrúpulos ni convicciones, pero si con mucha audacia e hipocresía, capitalicen en beneficio de su inmoralidad y egoísmo esos frutos y afanes?

La respuesta está en las cuatro reglas, que tranquilizan la conciencia porque insertan una necesaria y reconfortante dosis de cinismo. La primera, más que una regla es un paradigma: los pueblos, las agrupaciones de todo tipo, tienen en sus gobernantes, dirigentes o líderes, lo que realmente se merecen; las otras tres reglas son menos solemnes y más divertidas: ya están grandecitos, no son tan tontos como lo parecen y, la verdad,  me vale madre.

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